OPINIÓN. Mercedes Benz. Por Antonio Moya Somolinos

Me he comprado hace poco un Mercedes. Es un coche fenomenal, un cochazo. Su precio, nuevo, es de unos 50.000 euros. Lo que pasa es que yo no me lo he comprado nuevo. Tampoco de segunda mano, ni de tercera. A decir verdad, por lo menos es de cuarta mano, pero no descarto que lo sea de quinta o sexta mano. En una palabra, que no se exactamente cuántos culos se han sentado en el asiento del conductor antes que yo, cada vez que me dispongo a conducirlo.

 

Fue matriculado en Alemania hace 15 años, y en 2010 pasó a ser español. Se que en España ha tenido dos dueños antes que yo, pero no se los que tuvo en Alemania entre 2003 y 2010. Sí se que los 305.000 kilómetros que tiene son reales, no falseados. También tengo certificado de todas las itv que ha pasado, tanto en Alemania como en España, todas con matrícula de honor.

Es un cochaco. Los entendidos dicen que su motor de 6 cilindros en línea es lo mejor de Mercedes Benz. Esos mismos entendidos dicen que los coches como él suelen aguantar el millón de kilómetros, por lo que otros suelen decir que los propietarios de este coche se desprenden de él por aburrimiento, más que por los problemas que pueda dar. Habida cuenta de que suelo hacer unos 45.000 kilómetros al año, es previsible que este coche asista a mis funerales en vez de yo a los suyos.

Es un coche amplio, elegante y bien tapizado, de cuero. Se ve que está pensado para cuatro plazas, aunque perfectamente podrían ir seis, sin incluir el maletero, que admitiría dos o tres polizones perfectamente cómodos.

No tiene excesiva electrónica. Se fabricó en un momento en el que no se abusaba tanto de la electrónica y se ponía más atención en la mecánica. Es automático. No tiene ni siete ni seis marchas, sino solo cinco, pero consume poco, unos 8 litros de gasoil cada cien kilómetros. Cuando algo se estropea, el mismo coche avisa. Tiene faros automáticos. El parabrisas también es automático; los elevalunas, también. Tiene limitador de velocidad, calefacción en cada asiento, además de aire acondicionado. Tiene airbag, navegador, reproductor de audio y video digital, así como teléfono propio. Se conserva perfecta la pintura, sin un solo rasguño. Tiene suspensión neumática en ruedas traseras, como los camiones. En cuanto a fuerza, es un verdadero tarzán, con 204 caballos de vapor. Pero es suave en carretera hasta el punto de que parece que van flotando los pasajeros.

No me ha costado 50.000 euros, sino solo 3.800. Bueno, a decir verdad, a los pocos días de comprarlo le hice una revisión a fondo que me costó 1.183 euros. Total, 5.000 euros. No está mal. Yo ya sabía hace años que el mito de que los Mercedes son coches de ricos es mentira, pues tengo varios amigos que no son ricos y tienen Mercedes. Es más, tengo amigos verdaderos proletarios que se pasean en Mercedes gracias al monumental mercado de Mercedes usados de Alemania.

A mi modo de ver, la explicación de esto está sobre todo en la honradez institucional de esta empresa alemana. Ignoro si esta empresa tendrá, como otras, actuaciones censurables, pero en lo que yo puedo ver a simple vista, reconozco y alabo su honradez, pues ser capaz de fabricar un coche que aguante un millón de kilómetros y que dure impertérrito decenas y decenas de años es algo que solo se concibe si detrás hay una voluntad honrada de ofrecer calidad. Mi opinión es que, en el mundo en que vivimos, en donde se fabrican productos voluntariamente perecederos para provocar en el usuario la necesidad de cambiar (pienso sobre todo en el sector de la informática), atreverse a fabricar coches como el mío solo se concibe por una voluntad de honradez o por temeridad.

A los honrados hay quien les llama tontos. Para mí, son simplemente honrados. Pero diría más: La verdadera preocupación social de una empresa, entiendo yo que está en trabajar bien. Con ese trabajo bien hecho, Mercedes Benz hace posible que mi coche haya sido disfrutado por usuarios de distinto poder adquisitivo. Probablemente su primer dueño fuera un tipo con bastante dinerillo. Y quizá el segundo. No se nada de los siguientes, pero sí tengo muy claro que por 50.000 euros no habría podido yo comprarme un coche como este, pero sí por 5.000. Mercedes Benz ha hecho posible que disfrutemos de un mismo cochazo ricos y pobres. Eso sí que es una labor social de primera, una auténtica democratización de los bienes de producción.

El antiguo catecismo de Ripalda, para definir en qué consiste hacer oración, decía que es “hablar con Dios, nuestro Padre celestial, para alabarle, darle gracias y pedirle mercedes”.

Cuando yo estudié el catecismo de pequeño, ya no utilizábamos el Ripalda, sino el Catecismo de Primer Grado, Texto Nacional, en donde se sustituía lo de “pedirle mercedes” por “pedirle toda clase de bienes”. Las malas lenguas recuerdan que en aquellos años era una costumbre en España que cuando algún sacerdote era nombrado obispo, Franco le regalaba un Mercedes, por supuesto, nuevo, por lo cual algunos decían que Dios solo escuchaba a los obispos o a aquellos a quienes daba una novia que se llamara Mercedes.

Se entiende que los obispos españoles promovieran otra definición de oración. También se entiende que Franco les regalase un Mercedes, ya que, como dice el refrán, “quien regala, bien vende, si quien recibe lo entiende”. Mercedes en una dirección y bendiciones en la otra. Y con dinero público. No hay que escandalizarse. Desde el Edicto de Milán, siempre ha sido así; siempre ha habido un maridaje entre el poder político y el religioso, siempre los obispos se han tenido a sí mismos por príncipes de la Iglesia, y siempre han hecho política religiosa, ostpolitik, política eclesiástica o como se le quiera llamar. El llamado “derecho de presentación”, es decir, de proponer una terna al Papa para que este elija como obispo a uno de los tres, es algo que en España viene llevándose a cabo desde los Reyes Católicos, aunque anteriormente revistió otras formas. Franco también tuvo el derecho de presentación desde el concordato de 1953.

Por eso me pareció muy oportuna la puntualización que le hizo el actual Papa a un obispo al autocalificarse este como “príncipe de la Iglesia” en una conversación informal. Le advirtió que en la Iglesia no hay príncipes, sino servidores. Un servidor no hace política eclesiástica ni mercadea intercambiando bienes espirituales a cambio de materiales, y menos todavía en beneficio propio.

Afortunadamente, hoy los obispos que tenemos no parecen muy príncipes, aunque la independencia del poder temporal sea siempre una asignatura pendiente en la que no se puede bajar la guardia. Los obispos españoles ya no se pasean en Mercedes y con chófer. A mí no me parecería mal que lo tuvieran. Una cosa es la sobriedad y otra la pobreza evangélica, y esta última puede no verse a simple vista. La sobriedad es algo bastante ligado a la imagen externa; la pobreza está más ligada a la ausencia de seguridad mundana. Pero creo que me estoy desviando del tema. Quizá en futura colaboración podamos abordar el tema sobridad-pobreza.

Sin embargo, ya que estoy hablando de Mercedes, de obispos, de Franco y de 1953, no me resisto a comentar que fue precisamente en ese año cuando Franco propuso a Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, dentro de la terna para cubrir la plaza de obispo de Vitoria. Luego, el Papa Pío XII decidió elegir a otro, por lo que san Josemaría se quedó sin mitra, pero no sin Mercedes, ya que, si no fue por regalo de Franco, lo fue por regalo de otra mano generosa. El hecho es que san Josemaría Escrivá se paseaba con su Mercedes negro (y nuevo) de aquí para allá. Y por supuesto, con chófer, y ya que no llegó a ser príncipe de la Iglesia, al menos logró llegar a ser marqués de Peralta, título que también se lo otorgó Franco como consecuencia de una solicitud del propio Escrivá en la que se apoyaba en una falsedad, según demostró (y publicó) en un libro el conocido historiador Ricardo de la Cierva. Por cierto, ya hablaré en otro artículo sobre la sobriedad y la pobreza evangélica.

Quizá los rojos se hayan puesto muy contentos al leer estas cosas en las que quedan patentes las miserias de tantos santones de derechas. Que no se lancen, que en todos los sitios cuecen habas, ya sea en forma de Mercedes o de Cadillac, que para el caso es lo mismo si uno u otro son objeto de regalo con dinero público. Me refiero a que el conocido dictador comunista de Rumanía Nicolau Ceaucescu, asesino y asesinado, regaló a su correligionario español, Santiago Carrillo (por supuesto, con dinero público) un fabuloso Cadillac 75 Imperial de 150 caballos de vapor. El coche se había fabricado en 1947 para el rey Miguel I de Rumanía, el cual lo usó poco porque los rojos se lo “cogieron prestado” cuando tomaron el poder en ese país. En realidad, lo usó Ceaucescu, que como buen comunista, vivía como un rey, el cual lo adaptó a sus “circunstancias”: lo blindó hasta hacerle pesar nada menos que 5 toneladas y consumir 35 litros de gasolina a los cien kilómetros. Claro que, a diferencia de lo que me pasa a mí, a Ceaucescu le pagaba la gasolina el Estado rumano.

Si no me equivoco, se lo regaló a Carrillo en 1989, el cual, como buen proletario, lo aceptó de mil amores, explicando en sus memorias personales que no había tenido más remedio que aceptarlo porque necesitaba un coche blindado. Y me pregunto yo: ¿Por qué necesitaba un coche blindado? Lo digo porque el Papa hace ya tiempo que renunció a usar coche blindado. No se, no se… Si alguien necesita usar coche blindado, … será por algo. Sea como fuere, aquel coche, quizá el más lujoso de Europa, pasó a llamarse el “Carrillac”. Vaya, algo parecido a Serrano Suñer, que fue apodado “el cuñadísimo”.

De todas formas, un armatoste así, de reparaciones tan caras y complicadas, hubo un momento en que ya no pudo más y terminó en la sede del Partido Comunista de España, en la calle Santísima Trinidad (vaya ironía); de ahí pasó a un desguace en Paracuellos del Jarama (otra ironía), en donde fue adquirido por un coleccionista con intenciones, probablemente, muy distintas a las mías al comprar ese coche de quinta o sexta mano.

Bueno, creo que ya he pedaleado bastante a cuenta del Mercedes que me he comprado, el cual no es de pedales, sino de gasoil, de la misma manera que los orinales de antes eran como los de siempre; es decir, que es mentira eso de los orinales a pedales. Y mucho más mentira es decir que entre las ventajas de estos está que “mientras su hijo mea, pedalea”. No se lo crean ustedes, en los anuncios se exagera muchísimo. Un chaval, cuando mea, se concentra en ello; y cuando pedalea, pedalea solamente. Hay cosas que no se pueden hacer a la vez, por mucho que se intente. Los únicos que mean y pedalean a la vez son los corredores de la vuelta ciclista a España, que al final de cada etapa despiden un pestazo que te mueres. Según me han informado diligentemente.

Antonio Moya Sotomolinos

También te podría gustar...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *